Me gustaría contar una historia que creo es una explicación probable al modo en el cual el conocimiento fue complejizado, compartimentado y enajenado progresivamente de su original propietario: el ser humano. La relataré, sabiendo que faltan infinidad de detalles, incluidas referencias, pero me conformo en confiar en el lector y su confianza en mi relato y en advertirle que no está acabada la historia y no es objetiva, al menos no del modo como suele reclamársele que sean los escritos a quienes hablan de ciencia.

Cuentan que desde que el ser humano comenzó a organizarse emergió el control como problema para el logro de la articulación de grupos en torno a fines específicos.

Mientras las tareas fueron sencillas y los grupos pequeños, dicen, el tema del control podía solucionarse dirimiendo disputas por uso de la fuerza entre pares. Por su parte, estrategias como la negociación, el debate y la generación de consensos, fueron utilizadas por grupos humanos mucho tiempo después, es decir, en la medida en que esos grupos se diversificaban en número, composición, dispersión geográfica, expectativas y aspiraciones. En ese contexto, el control y su ejercicio debieron diversificarse también de modo sustancial, provocando la emergencia de dos grupos claramente diferenciados: dominantes y subyugados.

Dicen que religión y ciencia, llegaron después, aunque aquello que en un principio se había logrado imponer como creencia por la vía de la fuerza física, acabó por convertirse en ley por esas mismas vías o por otras, tiempo después. No había religión ni ciencia, pero cuentan que cuando llegaron, se inició el período oscuro de la comprensión del hombre signado por profundas desigualdades entre los individuos: de un lado un hombre como amo todopoderoso de todas las razones terrenas y súbdito directo de los designios de un ser supremo, cuyo dominio se sustentaba en el miedo y desconocimiento de sus pares, y cuyas palabras sólo eran comprendidas por pocos elegidos e iluminados; y del otro los simples seres humanos y cotidianamente subyugados mental y físicamente.

Según, durante centurias, la religión, fundamentalmente la católica, la ciencia y la política actuaron reforzándose mutuamente, ocultando información de modo progresivo y casi coordinado, así como también criminalizando aquellos modos de ver de la vida que le eran adversos al orden establecido. Para lograrlo, no tuvieron que ingeniárselas mucho, tan sólo acometieron dos tareas muy sencillas: sobresimplificaron los razonamientos básicos sobre el por qué y cómo de las cosas, y dejaron una comprensión mayor y más profunda de cada una de ellas al denominado “conocimiento científico”, nuevamente propiedad de unos pocos elegidos, y al “devenir de la vida del creador”, que constituye uno de los determinantes más claros de la supremacía de la religión y del sector social que representa y al cual sustenta.

Esta mirada, que en mi historia alguien denominó tradicional(ista) dicen que se orquesta en torno a cosas simples y peligrosas: un conocimiento diseccionado, estudios parcelizados, deslegitimización y desmérito hacia intentos claros de comprender procesos sociales de modo holístico, y ensalzamiento de la búsqueda y alcance de conocimiento y hallazgos profundos sobre una mínima cosa perteneciente a un microcampo del conocimiento …

De modo que, a botepronto, la ciencia y su mirada tradicional(ista) sobre los hechos humanos constituyeron el intento más logrado de alejar al ser humano de las explicaciones más necesarias y básicas para comprender su papel en el mundo y ser, en consecuencia, humano.

La ciencia tradicional(ista) nos ha, siguiendo esta historia, des-humanizado de modo radical, es decir, desde la raíz. Así como ese árbol al cual esa misma ciencia tradicional(ista) ha conseguido amputar semillas a sus frutos para facilitar su consumo por el hombre y, con ello ha logrado esterilizarlo de por vida; de esa misma manera, el ser humano ha visto sustraída de sí, ciencia mediante, su esencia de ser humano y la posibilidad de transmitirla a sus pares.

Me cuentan que hay evidencia de modo en que la ciencia que conocemos como clásica ha llegado a bañar los paradigmas educativos que defienden algunos docentes y también ha enseñado a muchos que el que sabe, sabe, que educación y conocimiento son cosas que debemos adquirir (como un empaque de cereales, por ejemplo), y que la única forma de hacerlo es ir a un espacio físico, sentarse y escuchar a alguien lo suficientemente gentil y virtuoso(a) como para compartir con nosotros aquello que sabe.

… la historia sigue …

Esa comprensión del mundo, nos ha hipertrofiado desde la enseñanza tradicional e institucional básica, cualquier pretensión y anhelo de búsqueda por construir preguntas y avanzar en la exploración de sus respuestas, sean o no ya conocidas. La escuela, después de la familia y con su aval, pareciera reforzar en la mayoría de los casos esa aproximación segmentada y parcelizada a la vida y a la realidad circundante.

Cualquiera de nosotros(as) podría describir, por ejemplo, con cuanta frecuencia ha visto o escenificado disputas con hijos, hijas o cercanos, sobre si un procedimiento matemático se hace y de cuál modo. En varias ocasiones hemos escuchado quejas sobre el modo arbitrario de corregir operaciones matemáticas o textos durante la escolaridad con base en el modo en que son hechas … y cuentan que es ése y no otro el modo correcto de hacer as cosas.

Esta configuración de la religión, católica mayormente, y la ciencia como aliadas inseparables ha obstaculizado y boicoteado todo intento por buscar preguntas y construir posibles explicaciones a éstas. Eso que las personas comenzaron a llamar “sistema” para referirse a un conjunto de normas, pautas e instituciones públicas y privadas para mantenerlas, ha venido configurando una comprensión y aceptación de la complicidad entre esa ciencia cercenadora de conocimiento y esas normas de conducta, y a construir con ello un atentado directo hacia su subsistencia y la de la sociedad y orden social que acaba sustentando.

De esta suerte, pocas cosas parecen más antinatura que una comprensión alinderada, segmentada y parcial de la realidad que nos ocupa como sociedad y nada más cercano a una herramienta útil para ejercer el peor control de todos contra el ser humano: el de la voluntad de ser humano por encima de valores utilitaristas.

Y pocas cosas más liberadoras que una aceptación sobre la condición absolutamente genuina de aproximarnos, como seres humanos, a un conocimiento complejo, diverso, reconocedor de subjetividades y con aspiraciones de explicar cuanto se filtra de lo que ocurre hasta el ser humano que lo mira en función, precisamente de esas condiciones absolutamente humanas.

Nada más esclavizante, entonces, que la defensa de un conocimiento científico tradicional(ista) y nada más liberador del propio conocimiento que el reconocimiento de su complejidad.