Autobiografía preparada a finales del año 2014, en el marco del Programa de Estudios Abiertos con la Comunidad de Aprendizaje del CUHELAV. También hay un documento más cuadriculado

Desde este enlace puede verse un portafolio personal.

Un cuento

Recientemente he aceptado que la afirmación de que somos más que aquello que aprendemos formalmente pasa por reconocer que esto supone, en términos prácticos, deshacer nuestra percepción sobre lo vivido en ese camino formal recorrido, re-haciéndola con la incorporación del reconocimiento por lo que hemos sido como personas durante ese proceso.

Puedo decir que, en términos individuales, emprender otro camino (uno nuevo) de estudios doctorales a través del Programa de Estudios Abiertos, me ha puesto en el compromiso experimentar en mi esa nueva convicción, lo cual ha devenido en una interesante combinación de procesos biológicos y emocionales que se inician desde el espacio para el auto-reconocimiento y la auto-construcción que, debe decirse, no siempre hay ocasión o la voluntad para hacerlo.

El proceso de auto-reconocimiento y de auto-construcción de esta quien ahora se presenta, comienza con una autobiografía, para la cual, los siguientes párrafos son un avance.

Nací el 30 de julio de 1973.

Mamá me contó de ese día que olvidó hasta el nombre. Sabía la fecha con certeza, pero cuando comenzamos a hablar de eso, cuando recuerdo que lo hicimos, ella no sabía exactamente por qué razón no recordaba qué día de la semana era. Solía atribuirlo a una jugarreta del embarazo que obligó a que la anestesiaran completamente dado su nerviosismo durante el parto.

Mamá me decía que mi papá le confirmó que nací un día miércoles a las 10.30am. Recuerdo que sobre los 10 u 11 años comencé a jugar con las agendas de mi papá, las viejas que iba guardando en un armario. Pero jugaba con una hoja específica de esas agendas: el calendario eterno. Era una tabla con la cual uno podía conocer qué día de la semana era una fecha en el pasado. Y entonces lo descubrí: fue un lunes. La memoria de mi mamá no le ayudó a retener ese dato, quizás porque, en realidad, estaba muy preocupada por mi nacimiento que siempre relataba como muy complicado, incluyendo su ansiedad, una anestesia completa y dos vueltas de cordón en mi cuello. No era su primer embarazo, pero al parecer el parto de mi hermano mayor fue mucho más llevadero.

Yo tengo muy pocos recuerdos de cuando era pequeña. Recuerdo muchas más cosas desde los 8 o 10 años en adelante, que antes de esa época. Me percaté de ello, mucho después cuando escuchaba a mis amigas recordar muchos detalles de su infancia y yo, por más que me esforzaba, tenía escasas trazas de recuerdos.

En mi primera niñez, según me contaron, vivíamos en El Vigía. Mis padres se casaron en 1966 y recién casados vivieron en Santa Bárbara del Zulia. Mi papá trabajaba como maestro de obras en una empresa: INDULAC. Era por esa época propiedad de “los suizos” a quienes mi mamá siempre se refirió con un recuerdo amable y hasta familiar. Años después se mudaron a El vigía y allí estuvimos un tiempo hasta que mi papá construyó la casa en la que ahora vivo con mi familia.

Por insistencia de ellos comencé a estudiar piano a los 6 años. A los 8 me regalaron el piano y recuerdo (eso si con detalles), cómo me “embaucaron” cuando lo traían desde Caracas porque el camión venía delante de nosotros en la carretera casi todo el tiempo. Dejé los estudios de piano a los 21 años. Unos meses antes que naciera mi hija mayor, pero el piano aún sigue intacto en la casa.

Papá murió cuando yo tenía 13 años. Conocer sus deseos y las razones de ambos por mudarse a Mérida fue objeto de largas conversaciones con mi mamá en la época en que estaba decidiendo qué estudiar en la Universidad. Yo quería en esa época, estudiar psicología, lo cual suponía viajar a otra ciudad algo que a ella le hacía temer por mi seguridad. Ninguna opción fuera de Mérida era aceptable para ella, dados los esfuerzos de mi padre en escoger Mérida como asiento de la familia porque teníamos una universidad cerca. Alguna de las muchas disponibles debía gustarme. Escogí Ciencias Políticas con la idea de retrasar mi salida de la ciudad hasta el momento de hacer un postgrado, cosa que ocurrió 2 años después de terminar los estudios, cuando viajé a España (a la misma edad que mi papá emigró de Italia a Venezuela), a cursar un doctorado. Ese fue el primer intento.

Desde que comencé a estudiar el jardín de infancia, mamá tuvo que enfrentar la burocracia educativa. Ella me contó que mi desarrollo motriz y de lenguaje fue más bien tardío para lo que se esperaba. Me decía que yo había sido muy mimada y por eso comencé a gatear luego del año (durante 6 meses y en sentido contrario) y a hablar luego de los 3 años. Ya a esta edad vivíamos en Mérida, y me contó que un tiempo después con algo mas de edad de mi parte, en el jardín de infancia que estaba cerca de la casa le dijeron que yo sufría una suerte de retraso mental (la ira la visitaba cuando repetía esas palabras), y que por eso no hablaba y era mejor llevarme a un centro especializado para que me ayudaran. Muchos años después, vivimos algo similar con nuestro segundo hijo a esa misma edad, fecha en que nos sugirieron desescolarizarlo para facilitar su integración social, porque tenía severos problemas de integración social a juicio de la psicóloga de un preescolar al que aplicábamos. Nunca entendí por qué esa sugerencia, pero a la psicóloga que lo valoró antes de recibirlo en el preescolar, le pareció chévere decirnos eso. No hicimos caso. Aprendimos entonces de la búsqueda de soluciones no convencionales. Buscamos una escuela pequeña y dedicada, en la que nuestro pequeño demoró pocas semanas en pronunciar de forma fluida sus primeras palabras y frases.

La indignación hacia quien me valoró a mis tres años de modo despectivo, le hizo incrementar su esfuerzo en demostrarle lo contrario. Creo que en esa época los desarrollos cognitivos particulares eran vistos como enfermedades, como a veces también ocurre ahora, y también como un estigma familiar. Mamá se comprometió con ella y conmigo a enseñarme lo básico: leer, escribir, sumar y restar en unos meses. Lo logró. De esta historia aprendí la tenacidad subyacente en los empeños con propósito.

Sin embargo, cuando se acercó al primer colegio en el cual estudié, a presentarme con cinco años, escritura, lectura y operaciones básicas de matemáticas dominadas de forma fluida, a solicitar mi ingreso en primaria, se resistieron a aceptarme porque sólo tenía 5 años. Me sometieron a un examen y tras comprobar que dominaba esos terrenos escabrosos de la lectoescritura y las matemáticas, me aceptaron. Comencé entonces a estudiar en Nuestra Señora del Rosario (en La Parroquia) y aunque vivía cerca del colegio, contrataron un transporte para que me trajera a casa. Creo que el arreglo el día que comencé a utilizarlo, no me fue informado, porque el primer día que debía utilizar el transporte, regresé sola a casa… caminando. Allí comenzaban a verse algunos trazos primarios de la autonomía que en la adolescencia y adultez me generaran tantas experiencias positivas y negativas también. Y tantos aprendizajes. Llegué a casa, me contaba mi mamá, totalmente roja con las mejillas encendidas por el sol del mediodía. Debí parecer una enorme bola de tomate porque mi figurita era bastante circular para la época.

Mi primer colegio lo dejé en tercer grado. Tenía 8 años recién cumplidos. De allí fui a La Presentación y los primeros días mis compañeras de clase pensaban que yo venía de Italia y que el uniforme que llevaba era de mi anterior colegio. En realidad no era un uniforme, era un vestido que me habían regalado en Italia algunas de mis tías o primas, no recuerdo, pero ciertamente parecía un uniforme de colegio. Terminé bachillerato en 1989 y comencé en la universidad en 1990. Mi trabajo de bachillerato participó el AsoVAC ese año aunque en esa época eran muy reservados con abrir espacios a trabajos del área social. Fue un trabajo curioso, “Conciencia crítica del electorado merideño en elecciones presidenciales” Nadie quería ser tutor y por los papás de una compañera un ex-ministro de educación que era familia aceptó que su nombre apareciera como tutor siempre que no le insistiéramos en consultas. Casi la hicimos solas.

Estudié en un colegio con hijas de gente conocida en la ciudad, pero creo que mi pertenencia a ese lugar nunca pude comprenderla. No me sentía parte de ese espacio por varias razones. La primera la edad. Siempre fui la menor del grupo. La que me seguía en edad tenía una diferencia conmigo de más de un año. Esas diferencias se notan mucho entre los 10 y los 12 por ejemplo, pero también entre los 15 y los 17. Pero también el modo de mirar las cosas. El ritmo de consumo de cosas en mi casa no tenía nada que ver con el de mis compañeras y que mis padres hayan insistido en mantenerlo es algo que agradezco. Mi mamá trabajaba haciendo tortas. Hermosas tortas que aún hoy, luego de 7 años de su fallecimiento, vienen a buscar a casa. Eso también hacía la diferencia: una orgullosa hija de obreros, estudió con hijas de gobernadores, diputados, comerciantes y constructores.

Entré a la universidad a los 16 y eso también resultó extraño. Estudié la carrera con alguien que tenía la edad de mi mamá. Ellos nacieron el mismo año. Yo tenía la rebeldía adolescente en un espacio en donde se hacían cosas muy incoherentes, sin embargo nunca mis compañeros de grupos anarquistas me llamaron a sumarme. De ello aprendí, que la acción política no tiene tanto que ver con la filosofía política y las relaciones internacionales sino con cómo se comprenden las cosas que hacen los actores políticos.

Entonces decidí explorar el área de políticas públicas y de allí a nivel de postgrado, el campo de los actores políticos. Hice una maestría en Administración de Empresas en Mérida porque me parecía que la mención Empresas del Estado daba respuesta a mis ganas de conocer de la administración pública. Terminada la escolaridad, viajé a España en 1997 y regresé en el 2004. Cursé el doctorado y la mitad de la tesis se vino conmigo de vuelta a mi país. El regreso a Venezuela me trajo muchas ganas y proyectos por hacer, especialmente en el área de investigación, pero también de generar cambios y de vincularme a la ola de éstos.

En España conocí muchos latinoamericanos. En el doctorado éramos 7 estudiantes de los cuales sólo yo era chica y venezolana. Dos años después ingresaron otros dos venezolanos pero curiosamente pude entablar una relación mas estrecha con los mexicanos que estaban en mi curso que con ellos. Vivíamos inicialmente en Madrid y luego en Alcalá de Henares, ciudad donde nació nuestro segundo hijo, que regresó a nuestro país con 3 años de edad. La misma edad que tenía su hermana mayor cuando viajó conmigo a España en el 97. España tiene muy buenos recuerdos en mi. En especial el poder tener contacto con una realidad social que ni deseo, ni añoro ni espero lleguemos a vivir en el país. Creo que lo que me resultó más impactante es el modo hosco y grosero en que padres e hijos se hablan. Los tratos a los golpes, literalmente, a pequeños de apenas meses de edad, la decadencia en general, de una sociedad que tiene mucho de organización y de oportunidades para todos, pero no lo aprecia.

Comencé a trabajar en FUNDACITE ese mismo año y renuncié en 2007. Ya para ese año había comenzado a explorar otra área nueva y reveladora para mi, pero siempre relacionada con el modo de comprender la acción política, que es el desarrollo endógeno y la formación ciudadana. En el 2007 comencé con unos amigos a organizarnos en una cooperativa y ese proyecto fracasó en el 2008, año que, dicho sea de paso, nos trajo a nuestra última hija de un modo accidentado y apresurado, pero que me acercó a comprender mejor la forma en que nos enlazamos, como individuos, de modo progresivo, con nuestro entorno inmediato. De ambas experiencias creo que pude experimentar, el valor del tiempo de mirar, entender y hacer con el lenguaje no dicho.

Desde el 2000 utilizo software libre y eso ha marcado mucho el modo en que intento explicar algunos fenómenos políticos y sociales que a veces me piden que describa. Durante la segunda mitad del año 2012 me vinculé a un equipo nacional de gente que, como yo, conoce de tecnologías libres, aunque con experiencias distintas cada cual. Nos reunimos en representación de distintos grupos de activistas pro tecnologías libres y conocimiento libre a nivel nacional y desde ese comité pudimos articular algunas decisiones que tienen hoy día incidencia nacional. Fueron muy pocas, a mi juicio, creo que pudimos haber hecho más, pero el trato con la burocracia siempre es mucho más que la afinidad y receptividad que uno experimenta con algunos funcionarios a ideas que son defendidas y que a veces funcionan como verdaderos labriegos/as abrebrechas para que quienes sigan puedan avanzar.

Desde enero del 2013 participo como docente en el proceso de formación de Técnicos Superiores en Hotelería y Servicios de la hospitalidad en el Hotel Escuela de Los Andes Venezolanos, les hablo de Desarrollo Socioeconómico. Es un área que me encanta mostrarles porque creo que me ayuda a insistirles en la necesidad que se vean más como profesionales íntegros que como futuros empleados. Ese mismo año, me junté con unos amigos en otra cooperativa a trabajar iniciativas de tecnologías libres, pero el ciclo se cerró en el mes de diciembre. Ellos siguieron, yo abandoné el grupo por no encontrar espacio para construir hábitos de colaboración y apoyo colectivo que es, en suma, para mi la base de una cooperativa.

Con mi ingreso al Hotel Escuela de Los Andes Venezolanos, llegó de nuevo una oportunidad de emprender cursos doctorales, que es la que sirve de excusa para volver a revisitarme y mirar nuevamente, aunque de un modo muy breve, lo que he venido siendo y haciendo. Mi ingreso a la Comunidad de Aprendizaje, ha resultado en mi encuentro con el hogar. El hogar desde el cual me siento no sólo cómoda con la entreayuda que supone, sino muy agradecida por la oportunidad de acompañar a otras y otros en sus propios procesos y verles cómo se van viendo a si mismos/as en sus propios matices y proporciones.

Revisitándome, me doy cuenta de cuánto me mueve participar de procesos creadores que estimulen el co-acompañamiento. Creo en que el conocimiento es libre desde que es, que no es naturalmente especializado y que la especialización del conocimiento anula toda capacidad de investigación, creación y construcción del ser humano.