Emancipando al conocimiento.

Historias de una sentipensante y proletaria del conocimiento y su andar mayéutico por la senda de la escritura

Author: Mariangela Petrizzo Páez

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Politóloga de formación Mayéutica por Convicción.
Politóloga, Msc. Administración de Empresas y Dra. en Gestión de la Creación Intelectual

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¿Quién le teme al PROEA?

Artículo originalmente publicado en Aporrea el 22 de febrero del 2016

 

La educación formal o al menos, lo que conocemos de ella y que nos la dibuja como el único medio para la obtención de un fin necesario (el título), está configurada sobre un modelo de aprendizaje que garantiza la permanencia de prácticas, hábitos y visiones de mundo hegemónicos en buena parte de las sociedades contemporáneas, y condicionan desde la inserción laboral de los individuos hasta sus relaciones interpersonales.

La educación formal, sus mecanismos e instrumentos de aprendizaje, sus pedagogías y sus fundamentos metodológicos se aplican como receta para el logro educativo, pese a las diferencias y particularidades de los distintos grupos a los que atiende, ignorando necesidades y características propias de éstos. Lo que conocemos de la educación formal: la masificación, la evaluación por demostración, la homogenización y la invisibilización de las diferencias, la implantación por vía de hegemonía no cuestionada de “verdades irrefutables de la vida”, la negación de la otredad y la divergencia y, finalmente, la normalización, en suma, de nuestros modos de aprender, socializar y habitar en sociedad, son componentes aceptados como “buenos” socialmente y vienen, incluso, reforzados desde las maneras en que se interactúa en familia, hasta las formas en que una persona se percibe a si mismo en un proyecto individual o colectivo. El devenir de la construcción social ha hecho que una parte importante de la sociedad valore positivamente y casi sin cuestionamientos a esta forma de educación, ignorando que sus factores más resaltantes son al mismo tiempo, el envés de su impacto en la sociedad, por la vía de la insuficiencia para responder a una sociedad diversa, variopinta, matizada y compleja. Cualquier persona que falle en los logros que este modo de comprender los procesos de aprendizaje ha impuesto, lleva sobre si, casi de modo irrebatible desde la razón dominante, el estigma del fracaso, la falta de esfuerzo y la desatención.

Desde la educación popular hasta las experiencias de educación y pedagogías alternativas, varias han sido las iniciativas de grupos y colectivos para contrarrestar una suerte de accionar de resistencia frente a la “normalización” de la educación formal. En nuestro país la experiencia es variopinta aunque, pocas han logrado engancharse tanto en el sentir de grupos de trabajadores y trabajadoras, profesionalizados/as o no, como la posibilidad de conjugar procesos de aprendizaje desde su experiencia vital y su quehacer laboral.

El Programa de Estudios Abiertos (PROEA), liderado en este momento desde la Universidad Politécnica Territorial Kléber Ramírez en Mérida, pero con réplicas tutoreadas a lo largo de todo el territorio nacional, construye alternativas para el reconocimiento de saberes adquiridos en la experiencia de vida, y también habilita la formalización de este reconocimiento en el contexto universitario. Queda claro que este planteamiento interpela de modo directo a las insuficiencias de la educación formal. Este programa, que busca identificar desde la práctica cotidiana todos saberes habilitados en lo individual y hacia lo colectivo, supone un proceso profundo de descolonización y emancipación del ser, al reivindicar que como individuo y colectivo nuestro devenir histórico manifiesto en intereses, búsquedas personales y profesionales y destrezas, se cifra en el (re)conocimiento de los saberes que hemos aprendido en espacios no formales y no aceptados de aprendizaje y formación.

El quehacer del PROEA ha permitido revelar un conjunto de razones, otrora invisibilizadas y naturalizadas, en primer término de la desescolarización, la limitada profesionalización entre personas extraordinariamente hábiles y sabias; y en segundo término, de lo que pueden suponer causas radicales de las insuficiencias de la educación formal y el impacto de estas insuficiencias en el devenir productivo de nuestra sociedad. Este programa supone, pues, un verdadero desafío a la racionalidad instrumental del quehacer pedagógico aceptado como “bueno” por quienes silencian sus preguntas ante el fracaso de muchos en la educación formal. Y este desafío a la racionalidad instrumental no cuestiona sólo las relaciones entre docentes y estudiantes en el marco de los espacios formales de aprendizaje, sino también desafía, aún sin proponérselo, la comprensión que sobre los procesos educativos y de formación, se hace desde las instituciones que los habilitan.

Hace unos días tuve el privilegio de asistir como testigo a una presentación de portafolios de integrantes de distintas comunidades de aprendizaje. En la presentación a la que asistí, observé razones familiares ancladas en ideas fuerza equivocadas sobre la necesaria “normalización” de la rebeldía, la diversidad funcional, y el ímpetu o la fuerza con que se cuestionan algunas formas de aprendizaje institucionalizadas en las escuelas, por ejemplo; o también amparadas en carencias financieras que, lamentablemente aún hoy, justifican el retraso en el aprendizaje individual.

Escuchar las autobiografías allí presentadas de boca de sus propios protagonistas sirvió para que se me revelaran, casi de modo efervescente, preguntas sobre las razones radicales por las cuales aún frente a los avances en la masificación de la educación gratuita a escala nacional, persisten fallas en la profesionalización y reconocimiento formal de saberes. Casi de modo instintivo me respondí a una pregunta no hecha: quienes temen al PROEA emergen desde espacios donde sienten una amenaza clara a la subsistencia institucional de un modo de formar. Recordé que en el año 1933, Walt Disney popularizó en Estados Unidos una tonadilla con una simple letra que animaba a tres cerditos a enfrentar a un feroz lobo que quería darles caza destrozando lo que consiguiera a su paso, incluso si era una casa. Con la frase “¿Quién teme a un lobo feroz?” que al son de un baile improvisado cantaban entre si los tres hermanos cerditos para animarse y acompañarse, se instaló en la simbología popular una versión revisada del clásico David contra Goliath.

Muchas de las preguntas que emergieron aún son un murmullo para mi y otras están en latencia. Pero una respuesta se me enrostra de modo fuerte y claro: el impacto en la generación de procesos de descolonización y de emancipación de individuos y colectivos, son suficientes razones para temer al PROEA. Estas razones se anclan en lo institucional, lo formal, lo que ha sido normalizado. Pero desde el PROEA, definitivamente, hay cientos, miles de razones evidentes para no temer enfrentar de modo claro y decidido esos miedos que ante la incertidumbre subsisten en cualquier espacio hegemónico, institucional y formal que defienda su subsistencia.

Recientes Semanas.

Desde hace algunos días, he iniciado una suerte de sprint para terminar de ajustar la redacción del libro. Con una fecha de cierre cercana, no queda otra opción que echar el resto.

Confieso que lo más complicado ha sido sacar el tiempo para hacerlo. Disfruto escribiendo en silencio y eso supone aprovechar las madrugadas que recientemente han sido particularmente frías en una casa excelentemente pensada para conservar la frescura.

Algunas de esas madrugadas han sido de reconfortante escritura con dos suéteres, doble media, pantalones abrigados y un buen café sin azúcar para ayudar a conservar el calor y, afortunadamente, el hecho de escribir ha ayudado a conservar el ánimo de hacerlo.

Creo, por tanto, que es momento ahora para pensar un poco sobre las herramientas de tecnología que he venido utilizando, en especial en el último año largo, para registrar todo el diseño del libro. Incluyo aquí un extracto de las notas finales del libro.

Aunque pueda parecer algo de carpintería y de importancia menor, lo muestro porque considero que no sólo ha sido parte de mi aprendizaje, sino que puede ser de utilidad para alguien que, como yo, emprenda una tarea similar de escritura en varios tiempos.
Pese a que, como tutora, me he encontrado en dos ocasiones con personas que gustan de escribir a mano y luego transcribir lo que redactan, con mucha más frecuencia me encuentro con personas que utilizan computadoras o tabletas como su principal instrumento de escritura de documentos. Sin embargo, cuando comenzamos a escribir algo, hablo desde mi experiencia, y aunque cada quien tiene su propia manera de llamar, atraer y retener la inspiración, lo cierto es que no siempre ésta nos ocurre cuando tenemos a mano las herramientas para escribir., o nos ocurre que modificamos el texto que vamos escribiendo una y otra vez, pero no sabemos exactamente en cual documento digital está recogida la última versión de lo que hemos escrito. La siguiente caricatura de Albert Montt(http://dosisdiarias.com) ilustra lo que conocemos bien sobre el típico manejo de versiones por parte de quienes escribimos pero no sabemos de organizarnos.
Fuente: Montt (2012)
Finalmente, a veces sucede que trabajamos desde varios lugares sobre el texto que estamos escribiendo y nos lo enviamos por correo o grabamos en una unidad extraíble las innumerables versiones del documento y sus respaldos. Yo no he estado exenta de padecer estos problemas y por ello, además de querer hacer este libro, he querido aprovechar herramientas de escritura de texto y de control de versiones más propias del desarrollo y documentación de software, puesto que, realmente, las considero con un papel determinante en la ardua tarea de enfocar las sesiones de escritura y de aliviar la tarea de seguimiento de los cambios realizados.

En primer término, confieso que trabajo en ambiente Linux. No es algo heroico, es una convicción vital que como activista busco llevar a sus últimos términos. En esos términos, en lugar de utilizar un procesador de textos tradicional de software libre, me decidí a utilizar Lyx (http://lyx.org).

Esta es una herramienta que me permite dos cosas deseables para mi en un documento de este tenor: primero, tener una maquetación diferente del libro resultante y en segundo lugar, enfocarme en escribir en lugar de estar combatiendo los problemas típicos de una edición de texto improvisada como por ejemplo quitar numeración en la primera página, cambiar numeraciones entre páginas introductorias y de contenido o insertar las secciones en donde deben ir. Sin embargo, el camino del uso de Lyx no ha sido fácil. Ya tenemos más de un año de andadura juntos y, aunque ambos hemos pasado varias veces por terapia, ya creo que envejeceré con él. A mi me sirve perfectamente para lo que quiero hacer que es escribir con un formato depurado y bonito sin mucha complicación.

La tarea de manejar e introducir la bibliografía en un formato que me guste, sin embargo, ha sido una tarea que ha demandado un proceso de desaprendizaje y reaprendizaje que intentaré explicar a continuación. Aunque desde hace ya varios años utilizo a nivel muy básico herramientas como Calibre (http://calibre.org) que es un gestor de bibliotecas y documentos digitales, y Mendeley (http://mendeley.com) que no es libre aunque tiene una versión abierta para linux, confieso que nunca he tenido el hábito de armar la bibliografía de forma metódica, registrando las referencias con todos sus componentes apenas localizo la información requerida. De modo que, al trabajar con Lyx, he debido reprogramar este (mal) hábito de dejar para el final el registro de las referencias y, sinceramente, ha sido un trabajo aún inconcluso y casi tan laborioso como la escritura misma del libro, amén de que ha sido mucho menos ameno.

En segundo lugar, para asegurarme de no tener muchos archivos con la última versión revisada del documento, decidí apoyarme en un servicio de manejo de versiones de repositorios llamado Gitlab (http://gitlab.com). Aunque no es frecuente que se utilice esta herramienta para control de versiones de documentos de texto, decidí que sería una buena ocasión para aprender el manejo de control de versiones y, además, garantizar que escriba desde donde escriba, podré tener acceso a la última versión del documento. Con Gitlab cada vez que se ha realizado una modificación en el documento del libro, he señalado los cambios realizados y lo he actualizado en el repositorio privado que creé para ello.

Finalmente, he intentado llevar un diario, aunque bastante inconsecuente, de mi portafolio y del curso del libro, a través de un blog (http://www.libreconocimiento.org.ve), disponible desde una instalación propia de WordPress (http://wordpress.org). Allí he colocado mi portafolio personal, preparado en el marco de los estudios doctorales. Allí también he colocado algunas cosas que iban nutriendo, desde la periferia, este documento y su sentido como citas y artículos sueltos.

Una última herramienta me ha mantenido escribiendo. Conocí 750words (http://750words.com) hace unos seis años, aunque a ratos me ha mantenido escribiendo de continuo, a comienzos de este año asumí como reto, la escritura diaria de 750 palabras. No siempre las he podido completar en un único día, y no siempre han tenido que ver con este libro, pero el recordatorio diario de que he sido constante, al menos en las últimas semanas de trabajo, me ha mantenido y ayudado a avanzar en la generación del hábito.

Este libro no es un texto sobre herramientas de software para quien escribe, cosa que bien podría ocupar un extenso libro distinto a éste, pero éstas páginas sirven para exponer aquellas herramientas que han sido una decisión pertinente y meditada a lo largo de su realización. Algunas decisiones sobre las herramientas han condicionado, incluso, meta aprendizajes sobre la escritura y la investigación, otras han permitido ganar confianza y soltura en los tiempos de más demanda en dedicación al texto. En todo caso, queda por escrito mi “fórmula” esperando que a alguien pueda ser de utilidad reutilizarla y mejorar la combinación.

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